El FMLN perdió a uno de sus mejores intelectuales

Lafitte Fernández septiembre 4, 2017
102nueve

A Hato Hasbún lo conocí la tarde de un sábado en una lugar extraño: en una cancha de fútbol.

Ambos habíamos llegado a la verdosa, plana y bien cuidada cancha de fútbol de la UCA, a protagonizar un juego informal pactado entre amigos. El jugaba en un bando. Yo en otro.

 Los dos, ya maduros, gastábamos las últimas energías en una cancha de fútbol. No creo que tuviésemos suficiente aire más que para apretar los labios.

Ese día llegué a esa plaza  junto a un grupo de embajadores acreditados  en El Salvador que habían decidido ejercitarse al menos una vez por semana. Sólo dos periodistas no éramos diplomáticos. 

De pronto me ví corriendo detrás de un habilidoso hombre que nos complicaba la vida y la paciencia. Era una persona menudo, no muy alto, de ojos saltones y calvicie prematura que jugaba muy bien al fútbol. Junto a él corrían Joaquín y Salvador Samayoa, el abogado Piero Rusconi y algunos más que no recuerdo. Había algunas celebridades en ambos equipos.

Tanto daño futbolístico nos hacía ese hombre en nuestro entretenimiento de sábado, que me acerqué al embajador de Costa Rica, en ese entonces, Otto Brenes, y le pregunté quién era ese formidable jugador. “Es Hato Hasbún. Trabaja en la UCA”, replicó Otto. Gabriel Trillos, ahora director editorial de La Prensa Gráfica, confirmó el dato al embajador costarricense. Gabriel era otro viajero de sábados.

Después me daría cuenta que Hato jugó fútbol en primera división. Eso explicaba el por qué se movía tan rápido, con la pelota pegada al pie y resolvía todo como viejo crak que veía a sus compañeros con mirada protectora.

Supe más tarde que, en ese entonces, que Hato Hasbún era un recaudador de fondos externos de la UCA y que, además, era hombre de mucha confianza de alguna gente del FMLN como Shafick Handal.

Hasta se decía que le escribía las memorias a Shafick y que llevaba cientos de horas grabadas con el principal personaje de la izquierda salvadoreña.

Pero esos sábados de fútbol sucedidos hace veinte años no me otorgaban mucho tiempo para platicar con Hato. Terminábamos tan cansados que cada uno de largaba a su casa o a tomar una cerveza fría.

Por eso no conocía cómo pensaba Hato- No había escuchado cómo interpretaba la realidad salvadoreña. Desconocía todo lo que pudiera salir de su intelecto. Pero nadie lo tenía como un viejo roñoso o bribón.

La primera vez que hablé con Hato sin preocuparme por el  tiempo, y sin correr detrás de un balón, sobre los problemas de El Salvador y sus posibles soluciones, fue en la casa del empresario Arturo Zablah. Ocurrió hace muchos años.

 Fue él quien nos presentó formalmente otra tarde de sábado en la que solamente  platicamos  los tres. No había nadie más en medio de algunos bocadillos, gaseosas y no sé si un par de wiskies con agua mineral, o tal vez un ron con coca cola y la amarillenta piel de un limón.

No fue un día de excesos alcohólicos. Hato no bebía mucho. Yo tampoco. Pero en ese momento supe, por boca de muchos, que  era un verdadero intelectual de la izquierda que llevaba encima un robusto pensamiento sobre los males salvadoreños.

Ese día descubrí que Hato tenía pensamiento propio. Era un hombre inteligente. Atacaba durísimo las políticas públicas de ARENA, partido gobernante en esa época. Sus críticas las combinaba, hábilmente, con anécdotas que cargaba de un ardor fácil de un hombre que sabe que es ingenioso. Los retrasos con los que respondía a mis desenfadadas preguntas o juicios indicaban la preocupación de su mente sobre algunos temas.

Fácilmente detecté que Hato Hasbún cargaba también muchas preocupaciones sociales en un país que se había convertido en un  en uno de los mayores exportadores de personas del mundo. Además, en ese momento Hato  tenía un olfato dilatado de las dificultades salvadoreñas.

No tengo duda que ese día conocí un hombre bien articulado, sin excesos ideológicos, persistente, abrasador, apasionado,  que sacudía los sentidos para criticar lo malo con muchísima sensatez.

Esa tarde también me pareció que Hato era un hombre  tolerante, de rápido análisis y honrado. Hablaba sin fruiciones, sin empalagos. Además, me pareció un personaje  que se había trazado un límite muy estricto a aquellas actividades que regulaban su vida.

Siempre había criticado al FMLN que, por diabluras ideológicas, había expulsado, o se había quitado de encima, a algunos intelectuales. Siempre he creído que los intelectuales son los que renuevan, modernizan y hasta humanizan el pensamiento político en los partidos.

Pero ese día me convencí que en el FMLN al menos quedaba un intelectual que le podía agregar la poesía que siempre necesita el quehacer político.

El apostador

Pasó el tiempo y no volví a ver a Hato. Pero conforme profundizaba en su figura, desde el periodismo,  comencé a darme cuenta que era un buen apostador político. En ese campo caminaba de puntillas, sin hacer mucho ruido. Hacía las cosas como un pensador práctico y gran constructor de estrategias.

Pero también supe que Hato Hasbún tenía otra habilidad: era un hábil negociador como lo demostró en los dos gobiernos del FMLN en los que participó.

Hato sería, años después, un hombre decisivo para que el FMLN designara a Mauricio Funes como su candidato presidencial “outsider”, sobre todo cuando comenzó a ocupar un cargo en la Comisión Política del FMLN.

Varios buscaron el apoyo de Hato para encabezar esa candidatura presidencial sucedida  hace varios años- Incluso, cuando apoyó a Funes perdió amigos cercanos que terminaron convirtiéndose en un incordio para él. Lo menos que hicieron fue tenerlo como un traidor. Pero Hato seleccionó lo que estimó mejor para su país. Los puñetazos que a algunos le recomendó la memoria, no les dio importancia.

Durante la campaña presidencial de Funes, Hato Hasbún, quien también había sido histórico socio del periodista en algunos medios de comunicación, se colocó en primera línea.

Cuando Funes ganó, Hato se convirtió en su hombre de mayor confianza. Sospecho que Funes lo puso a su lado no porque peleó por su candidatura, sino porque Hato  entendía aquellos asuntos sobre todo lo que pudiera ayudar a su gobierno.

Funes encontró en Hato a un hombre leal a quien encomendó, entre otras cosas, la lucha contra la inseguridad y el crimen organizado.

Recuerdo que en una ocasión que llegué a su despacho en la Casa Presidencial, me habló con muchísima preocupación sobre la necesidad de darle una oportunidad laboral a algunos pandilleros que querían abandonar esas agrupaciones antisociales.

No entendía el por qué algunos empresarios no le ayudaban a sacar a mareros arrepentidos de la pobreza. “Sin trabajo y sin darles una oportunidad no puedo hacerlo”, me dijo en su mesa de reuniones rodeada de libros e informes oficiales.

Es cierto. Hato Hasbún creía en vencer el crimen, secando el lago de las inequidades. En algunos momentos eso le dio resultados. En otras épocas no. Pero siempre encabezó esfuerzos honrados para solucionar las cosas con un ojo social.

Más tarde Hato ocupó un papel para hacer una de las cosas que mejor hacía: negociar en un país altamente polarizado. No tengo la menor duda que ese es uno de los papeles más ingratos que se pueden cumplir en un país donde los entendimientos los borraron de los diccionarios. No sé  si eso ocurre porque la sangre hierve fácilmente o porque es difícil encontrar hombres con su cabeza ordenada o porque hay tanto rencor entre los políticos que no hay i un solo recodo para caminar con tolerancia y paz.

Si hay dos tareas difíciles para un servidor público salvadoreño es que le encarguen que garantice  la seguridad y la gobernabilidad. En ambos campos lo único que se producen son verdaderas batallas campales en las que sólo ganan los titanes.

Durante los últimos diez años, a Hato Hasbún lo colocaron y le pidieron que venciera en esos dos descomuncales retos. Y  si se lo pidieron dos distintos gobiernos del FMLN es que siempre confiaban en él.

Los resultados de la obra de Hato Hasbún  sólo los juzgará la historia. Pero aunque, al igual que en el fútbol, nunca estuve en el mismo bando en el que jugaba Hasbún, hay que reconocerle a Hato que no sólo pateaba bien la pelota. También fue un importante hacedor de políticas públicas. Si se equivocó o no, dejemos que lo digan otros. Pero no se puede escribir sobre su figura, si no se hace con honestidad y sin mordeduras políticas.