Leonardo Heredia

Redacción 102nueve.com agosto 15, 2017
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Pocas amistades disfruté en mi vida como la de Leonardo Heredia.

Alberto Arene me lo presentó hace muchos años. Después de esa presentación, a los cinco minutos  ambos estábamos riéndonos  bajo sonoras carcajadas. Leonardo tenía una virtud: mezclaba con tanta rapidez e ingenio el humor salvadoreño con el costarricense que era imposible no reír junto a él.

Al viejo, al amigo, al hombre, lo conocí tarde. Ya arrastraba los pies. Sus ojos estaban enfermos. Veía con dificultad. Pero algunas de las conversaciones que más he disfrutado en El Salvador fueron con él. Todavía recuerdo las tardes que llegaba a mi oficina, cruzaba la puerta y, simplemente, me decía:”diay huevón”. Después de eso el diálogo, las bromas, los chistes, las carcajadas y las anécdotas se volvían dados eternos. El debate, el humor, el repaso de la historia, eran espadas en él.

Conocí buena parte de la vida de Leonardo Heredia. Desde sus irreverencias como el enorme locutor que fue  de las principales radioemisoras en México, hasta sus escaramuzas y amores en Costa Rica. El viejo era sencillamente genial para contar historias de otros y las suyas. A veces pienso que Leonardo  era eso: un notable contador de historias nacidas en la mejor voz de la locución profesional de El Salvador. La mejor prueba de eso es que fue el único salvadoreño que , sirvió como sensacional maestro de obras durante un concurso de Miss Universo.

Leonardo, sin embargo, encaró momentos duros, difíciles. Sobre todo con la muerte de un hijo suyo. En ese momento sentí que se desvanecía. Que había perdido toda su capacidad de luchar en esta vida. Ese Leonardo Heredia me conmovió hasta los tobillos. Esa vez me sentí el ser humano más noble cuando le presté mi hombro para que llorara con toda la fuerza de padre que llevaba adentro. Aquella era un alma conmovida que parecía estallar de dolor y pena.

Leonardo también amaba a sus hijas, quizá más de lo que ellas creían. Su vida lo llevó a un divorcio pero jamás, jamás, dejó de amar a sus enormes vástagos. Cada paso que daban, en cualquier campo, era para él un orgullo infinito. Sí señor: con todo y todo, era un enorme padre.

Leonardo era también costarricense. Adoptó esa nacionalidad después de vivir en Costa Rica muchos años. En ese país se casó de nuevo con una mujer costarricense, una publicista de sólida carrera . Muchas veces, Leonardo fue más costarricense que muchos. Obtuvo ese título y hasta la cédula de identidad costarricense por su propia voluntad. “Yo escogí ser tico y eso me llena de orgullo”, repetía siempre.

Tal vez por eso, hace algunos años, tomé mi auto y me lo llevé a San José. Parecía niño que se reencontraba con sus primeros juguetes. Visitó a sus viejos amigos, verdaderas instituciones del desarrollo de la radio en Costa Rica. Entre ellos algunos otros salvadoreños que participaron de la radio y televisión de Costa Rica. Desde entonces me convencí, por el testimonio directo de algunos pioneros de la radio costarricense, que Leonardo Heredia también fue una verdadera institución en ese campo. Disfrutaba contando algunas historias de la radio costarricense.

Cuando conocí a Leonardo y medí su enorme capacidad para comunicar hechos ( aparte de su pulida y educada voz), le pedí una entrevista para un diario salvadoreño en el que laboré mucho tiempo. Las respuestas a las preguntas no fueron más que un reflejo de su genialidad. Por ahí, en algún archivo, la tengo guardada. Eso sí: cuando le pregunté que de morir cómo quería que lo recordaran. Entonces se volvió, liberó una risa maliciosa, le brillaron sus ojos, le pidió oxígeno a sus pulmones y me dijo: “Aquí yace un hijo de puta”.

Cuando escribí esa entrevista a Leonardo, pensé mil veces en titular con esa frase. Al final lo hice. Fue el título más irreverente que he escrito en mi vida. Pero así lo escribí en esas dos páginas centrales de la revista dominical que yo había creador. A las horas que nació la publicación, recibí llamadas telefónicas de amigos que siempre me dijeron que se me había ido la mano. No me arrepentí nunca de ese título: “Aquí yace un hijo de puta”. Tal vez fue lo que más me unió a Leonardo mientras vivió.

Me duele su muerte. Tal vez algo pasa en mi vida: han comenzado a morir personas que quise, que respeté, almas buenas y nobles, gigantes en muchas artes y cosas.. La mejor prueba de eso es que mis últimas columnas periodísticas están tituladas con nombres y apellidos. Unos se van. Otros luchamos por sobrevivir. Pero nadie deja de pelearle a la muerte, el acto más democrático que conocemos los humanos.

Me duele más no estar fuera de El Salvador y no asistir al sepelio de Leonardo. Así habría abrazado a sus hijas y recordarles cuánto las amó. Pero, sobre todo, me hubiese  despedido del salvadoreño que más quiso, genuinamente, a Costa Rica. Tal vez eso debería hacer un costarricense que resida en El Salvador.  Averiguen donde enterrarán a  Leonardo Heredia. Lleguen hasta su ataúd y pónganle encima una bandera de El Salvador y otra de Costa Rica. El fue más salvadoreños que muchos. También más costarricense que nadie. Para Leonardo ningún camino fue intransitable. Ni siquiera la ceguera.