Mi casa dividida entre el encono y la razón

Redacción 102nueve.com julio 17, 2017
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Tengo mi mente zarandeada. Mi casa está dividida.

Tengo mi mente zarandeada. Mi casa está dividida. Unos quieren abrir la puerta. Otros pelean por cerrarla. Lo peor es que quien quiere abrirle la puerta a una poco digna, violadora de derechos  y arrebatadora presentación de reos sin condena ante los periodistas, es un Ministro de mi tierra originaria. Quiere el circo en Costa Rica.

A setecientos kilómetros de distancia, en El Salvador, muchos dueños de medios de comunicación y periodistas quieren hacer lo contrario. Ansían cerrarle el paso a la tradición de la policía  de presentar los reos ante los periodistas (muchas veces ni siquiera han sido acusados formalmente ni saben qué delito se les atribuye), porque saben que están violando derechos humanos y tragan saliva porque estiman  que no es justo lo que hacen para exhibirlos.

Entonces, en Costa Rica, mi país de origen, donde al menos la teoría convoca que es un país respetuoso de los derechos humanos que respeta todo el planeta, quieren exhibir a los acusados con su rostro pleno al sol. En El Salvador quieren desterrar ese estallido de oscuridad, ese nudo emocional. ¡Mi casa está dividida!.

Frente a ese tema diré lo que pienso: que el buen ministro originario de la tierra donde nací (Turrialba), Gustavo Mata, está equivocado. Posiblemente alguien lo mal aconsejó. No creo que fuese alguien que sepa mucho del derecho humano a la imagen y de las potestades de los reclusos reconocidas por las Naciones Unidas. Y si el Ministro Mata dijo lo que algunos le atribuyen ( que presentar los reos ante los periodistas es un buen acto para que todos sepan quienes son los malos), me da la impresión que su criterio destila encono.

Esto último lo escribo con respeto y sin segundos pensamientos porque el Ministro costarricense Mata  es un hombre bueno, honrado y trata siempre de hacer su mejor trabajo. Conozco su familia y de ella sólo pueden salir buenas semillas. Eso sí, aunque los dos somos turrialbeños, nuestros relojes no siempre deben coincidir.

Tal vez el Ministro Mata deba saber que, en El Salvador, la presentación de reos ante los periodistas se volvió un verdadero circo construido para denigrar a la gente. Esas presentaciones ocurren cada día. A la gente la presentan las autoridades  en condiciones poco dignas cuando ni siquiera han sido acusadas. Las vuelven carne de cañón del periodismo. Todo acaba desbordándose.

Los periodistas salvadoreños ( y de la mayoría de países del mundo), han comenzado a entender que ese circo oficial es absolutamente indigno. De muchas formas, eso causa en la gente una suerte de muerte civil. Es como decirle a los reos, cuando no han sido condenados, “usted ya no es miembro de esta sociedad”.

Los pobres reos quedan como esqueletos de museo y sé de casos donde sus hijos no quieren volver a las escuelas y colegios y prefieren caminar sin memoria ni futuro.

Después viene un juego perverso. La policía presenta los sospechosos para que la gente sepa que hace un buen trabajo. Al menos eso dice la policía salvadoreña. La confesión no puede ser más absurda: eso es reconocer  que se violan derechos fundamentales para que los ciudadanos sepan que cumplen para lo que se les paga.

Después de eso nace otro infortunio en el periodismo: si al sujeto lo juzgan y acaba libre de responsabilidad penal y demanda al medio de comunicación, pues entonces se alega que el responsable de cualquier daño es la policía que presentó al recluso. El periodista sólo acudió al llamado oficial. ¡Hay momentos en que el periodismo también se vuelve asquerosamente cínico!

Por razones como esas, es que el periodismo salvadoreño se mira en el espejo y quiere, en buena medida, corregir sus actuaciones. Lo que sucede, en la actualidad, es que no se necesita aprobar ninguna ley para corregir el pecado. Una de las dos partes puede acabar  con el problema: o el periodismo no acude a los llamados de los policías, o la policía renuncia a ese tipo de convocatorias. Cualquiera de las dos acciones mata el mal. El primer paso será siempre el determinante en El Salvador. Eso lo saben todos. No hay excusa para no ordenar las estanterías y poner las cosas en orden.

Lo que me sorprende es lo que sucede en Costa Rica. Este país erradicó las presentaciones de reos hace mucho tiempo. Extrañamente un buen Ministro quiere dar marcha atrás en lo que ha sido una práctica decente de autoregulación del periodismo costarricense.

El Ministro dice que no hay ninguna ley que prohíba exhibir a los reclusos. No es cierto. Debería estudiar toda la teoría de los derechos humanos y resoluciones de cortes internacionales en esa materia sobre protección a la imagen. Por eso es que creo que el Ministro fue mal asesorado por sus colaboradores.

El Ministro Mata asegura que hay que reconocerle los  derechos a las víctimas de los delincuentes. Eso es correcto y acertado. Pero nadie gana nada exhibiendo a personas que no han sido condenados. El problema de esa tesis ministerial es que significa otra cosa: “yo soy dueño de la verdad. Yo soy Dios. Si está preso es porque es culpable y se acabó. Por eso debo exhibirlo para que la sociedad lo expulse”.

Nadie que estudie a profundidad el derecho humano a la imagen puede estar de acuerdo con el hecho de que un policía se vuelva verdugo lleno de amargura y que crea que si exhibe un mero acusado es porque es un verdadero delincuente. Y quien decreta ese estado, es el mismo policía. Cuando actuamos con odio repentino, simplemente lo que ponemos a prueba es el encono y no la razón.

Yo reconozco y entiendo, más que nadie, los derechos de las víctimas. El Salvador es un país con las riendas del comportamiento humano reventadas. Violento y desbordado , así es El Salvador. Pero, es paradójico que ahí se piense en la dignidad humana cuando en Costa Rica se le quiera arrebatar a los reclusos.

Mi estimado coterráneo se equivocó esta vez. Los derechos de las víctimas se defienden de otra manera. No se defienden  tratando de cuajar violaciones a derechos que, por años, ha respetado el periodismo de Costa Rica. El encono no deja nada. Tal vez deberíamos aprender que si a una sola persona se le respeta su imagen y sus derechos, todos habremos ganado algo. Las amarguras nunca enseñan nada ni fortifican a nadie. Mi casa está dividida: pero prefiero la razón al encono y a los desquites impensados.