Sobreviviendo del arte callejero

Redacción 102nueve.com octubre 7, 2017
Martín demuestra sus habilidades y equilibrio al hacer malabares. Foto/André Sandoval

Esta es la historia de tres artistas callejeros, que día a día luchan por sobrevivir en la jungla de asfalto.

Son las tres de la tarde, una llovizna cae sobre San Salvador y cada vez se vuelve más intensa, hasta convertirse en tormenta. A pesar de este panorama, Jorge, un chico de 21 años, con una estatura media y con su pelo sujetado por una cola, se para frente a una intersección muy concurrida en el Paseo General Escalón, para demostrar a todos los automovilistas sus habilidades malabaristas.

El semáforo cambia a rojo, los autos detienen su marcha y Jorge se acerca al paso peatonal para comenzar a hacer maravillas con sus clavas, mientras algunos espectadores se muestran sorprendidos y otros, no ocultan su indiferencia ante el espectáculo. El semáforo está próximo a cambiar a verde, por lo que los malabares finalizan. Posteriormente, el joven comienza a pasar ventana por ventana en busca de colaboración económica.

La lluvia está incontrolable. Jorge corre a refugiarse debajo de un puente y en su mano sostiene al menos unos $3 dólares, muestra que no le fue mal en esta ocasión.

Las condiciones climáticas no seden, pero sus ganas de seguir con el show son más fuertes. Ante esta situación se le pregunta:

-Vemos que a pesar del clima no te detienes ¿Por qué?

A lo que responde:

-En ocasiones me dan ganas de parar, pero tengo una madre y yo soy su único hijo, si no hago esto, no podré llevar comida a la casa.

Al escuchar esto, se descubre que detrás de ese muchacho con apariencia de aventurero y sin mayores compromisos, se encuentra un amoroso hijo, que ocupa el arte urbano para llevar el sustento diario a su hogar.

                                             

Viene de una comunidad poco favorecida de San Salvador y está aquí regularmente desde la una de la tarde, a excepción de este día que, por causas del clima, se vio obligado a retrasarse un poco.

Lleva aproximadamente dos años de practicar este arte callejero, desde que, a través de sus amigos, comenzó a mostrar interés por los malabares con clavas y con el pasar del tiempo, desarrolló sus habilidades. En la actualidad, es su única fuente de ingreso.

A juzgar por su vestimenta: unos zapatos desgastados por el tiempo, una camisa y un pantalón que denotan sobreuso, se podría interpretar que Jorge no consigue mucho dinero del arte callejero; pero no es así.

Jorge recauda alrededor de 50 dólares al día, explicando así porque prefiere desempeñarse en este rubro, en vez de buscar un empleo formal que no superaría los $8 dólares, pues sería el sueldo al que podría aspirar por su preparación académica, que no supera el bachillerato.

Pero no todo es color de rosa, debido a los maltratos que se expone por parte de los automovilistas. Desde desprecios con gestos, hasta pasar las llantas por encima de sus clavas cuando se le caen y el semáforo se pone en verde.

Sin embargo, Jorge está dispuesto a ignorar todo este tipo de situaciones para realizar de la mejor manera su arte callejero, no obstante, hay otros factores que se le interrogan a Jorge, haciendo referencia a las afectaciones por la delincuencia.

                                              

“En más de alguna ocasión, esos muchachos me han observado fijamente, pero cuando se dan cuenta que solo soy un artista callejero y que no tengo vinculación con la delincuencia, no me dicen nada. En todo este tiempo nunca he sido víctima de robos o asalto”, respondió.

Lo mencionado por Jorge sorprendió a más de alguno en el grupo de trabajo, pues para nadie es un secreto que el país está siendo azotado por una ola delincuencial, donde el pasado mes de septiembre registró más de 420 asesinatos.

Son las 3:40 de la tarde, aproximadamente ha transcurrido una hora de convivir con Jorge y en vista que la lluvia comienza a ceder, se decide continuar con el recorrido en busca de más artistas callejeros.

Mas adelante, a la altura del Monumento al Divino Salvador del Mundo está Martín, quien, con 36 años de edad, tiene un hogar que mantiene a base del arte callejero.

Su historia es similar con la de Jorge, en el sentido que ambos dependen del malabarismo para llevar el sustento diario a sus hogares. Su estilo de vestimenta tampoco varía: Unos zapatos desgastados, una camisa y un short con aparente sobreuso, además de unas trenzas muy voluminosas que sobresalen de su cabello.

Martín es padre de dos niños: uno de cinco años y otro de tres, siendo su mayor motor para luchar en la vida y salir adelante.

Comenzó a adentrarse en el mundo del arte urbano cuando apenas tenía 17 años de edad, al ingresar a una “batucada” conformada por un grupo de amigos chilenos que tenía. Con el tiempo, descubrió sus habilidades para el malabarismo y las fue perfeccionando.

Al interrogarle sobre la madre de sus dos hijos, muestra una sonrisa en su rostro y dice en forma ingenua:

-Ella es socióloga y yo malabarista, muchos no creen que somos esposos.

-¿Por qué no creen?

-Nuestros rasgos son muy diferentes, ella es una mujer muy ordenada y formal, mientras yo tengo una apariencia informal, mi cuerpo está lleno de tatuajes. No le encuentran lógica.

-¿Pero ella te apoya a lo que te dedicas?

-¡Por supuesto, pena es robar! Ambos llevamos comida a la casa de lo que ganamos.

En concordancia con Jorge, Martín también ha sufrido de maltratos y desprecios en la calle, a lo mejor por no portar un traje, una corbata o un salario de un empleador, aunque a juzgar por sus gestos, no lo necesita, manifestando que lo que gana en un día al hacer malabares, podría duplicar o triplicar un salario mínimo.

“Ser malabarista también necesita tener conocimientos… nosotros tenemos diplomas que nos certifican como tal”, explicó, en cuestión a los estereotipos que se formulan por sus apariencias.

                                               

El hecho que en El Salvador no existen escuelas que formen malabaristas lo obligó a emigrar a España para prepararse, a pesar del gasto económico que significaban los pasajes, los cuales solventó con dinero ahorrado, evidenciando una vez más, la buena contribución económica que obtiene de sus habilidades.

A pesar de la evidente diferencia de roles, Martín ha desarrollado en conjunto con su esposa talleres de malabares en diferentes comunidades de alto riesgo, a las que no han tenido problema para ingresar.

Para desarrollar este tipo de actividades, cuentan con el apoyo económico de ONG´S italianas y españolas, debido a que las clavas que se utilizan al realizar los talleres, tienen un costo de $75 como mínimo y como máximo, llegan a costar hasta $600.

                                                 

En la actualidad, pertenece a un grupo denominado “Vacil Arte”, donde desarrollan diferentes actividades como estatuismo, malabarismo y batucadas a las personas que se los solicitan. Es así como Martin se gana la vida a costa del arte callejero.

El reloj marca las cinco de la tarde, la lluvia ha regresado con intensidad y el recorrido en busca de más artistas continua.

A un costado de alameda Roosevelt, debajo de un pequeño techo perteneciente a una inmensa torre telefónica se encuentra Siluana, una chica argentina de 31 años que no tiene más de una semana en el país.

En sus manos sostiene un violín y por sus pies se observa un guacal que no acumula más de dos dólares. Parece que no le ha ido bien en este día lluvioso.

En contrastes con Jorge y Martín, Siluana no depende del malabarismo, sino de las melodías que hace sonar a través de su instrumento musical favorito, el violín, el cual acompaña con cantos que emanan de su dulce voz.

Ha visitado diferentes países de Centroamérica y Suramérica, en los cuales destaca Nicaragua, Colombia y Perú, como parte de una travesía que mantiene en busca de demostrar su talento.

Para viajar no gasta mucho, pues se la pasa “pidiendo raid” a las diferentes unidades de transporte y se hospeda en hostales que paga en base a lo recaudado en el día.

En vista que es extranjera, se le pregunta:

-¿Qué te ha parecido El Salvador?

-Es muy hermoso, pero lastimosamente está muy “estigmatizado”, a causa de la violencia, eso no le permite al país seguir adelante, principalmente en los artistas.

-¿Qué te gusta más del país?

-Me encantan las pupusas, ya las había probado en Nicaragua, pero no fue lo mismo al saborearlas en El Salvador.

Además de tocar el violín, también toca la guitarra y hace malabares, tres herramientas que le han servido para salir adelante en sus sueños por cumplir. En su país natal, se graduó de Licenciatura en letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en Argentina.

Mientras conversa, se acerca un joven muy amigable, de pelo largo y vestimenta entre formal y casual. Su nombre es Dennis, un guitarrista que transita por las unidades de transporte y tiene una hora de conocer a Siluana.

En vista que ambos tocan un instrumento diferente, se les hace la petición de unirse para tocar una melodía, a lo que ellos acceden y comienzan a entonar una canción de un grupo muy conocido en los años 60.

                                                   

Tras finalizar de entonar la canción, ambos se dan cuenta que hacen buen dúo y Dennis aprovecha para proponerle a Siluana tocar juntos en los buses, a lo que ella responde con un sí, con la promesa que al siguiente día comenzarán con sus labores.

Son las seis de la tarde, el cielo está despejado luego de la tormenta. El recorrido ha finalizado y antes de despedirse de ambos, se les ofrece algo de comer y ellos aceptan con una enorme sonrisa en agradecimiento a la propuesta, comprobando que probablemente, no han comido nada durante buen lapso del día.

La realidad de cada uno de estos jóvenes justifica la falta de apoyo por parte de las autoridades gubernamentales y la enorme tasa de desempleo que vive El Salvador, sin contar que la mayoría de trabajadores que reciben un sueldo, les es insuficiente para satisfacer sus necesidades.

En torno a la situación planteada, este medio contactó vía teléfono a Fernando Rodríguez, director de comunicaciones del Teatro Luis Poma, quien a través de su grupo “Caverna” ha desarrollado diferentes programas en pro del arte callejero.

“Creo que debemos responder a la necesidad de expresión de nuestros jóvenes, y en este caso, garantizar que puedan desarrollar sus habilidades y apoyando con fondos o programas dirigidos, lograremos llevarlos a su siguiente nivel artístico”, expresó, al preguntarle la importancia de apoyar este tipo de cultura callejera.

Rodríguez opinó que “en su mayoría, estas personas huyen de la violencia que los rodea y encuentran en esta rama del arte circense una válvula de escape, luego se enamoran del arte y tienen la necesidad de crecer en su conocimiento, pero en nuestro país no les podemos ofrecer formación, por lo que lejos de verlos como vagos, se les debe ver como artistas en busca de desarrollarse”.

A pesar de estas declaraciones y las historias de superación que narraron Jorge, Martín y Siluana. Este grupo social seguirá siendo mal visto por buena parte de la población, que suele juzgar por estereotipos, al etiquetarlos de ladrones, drogadictos o alcohólicos. Además de seguir sin oportunidades por parte de las instituciones correspondientes que, con esto, los condenan a sufrir día a día las inclemencias de la naturaleza, mientras transitan por las calles en busca de subsistir económicamente.

Sin embargo, esto no detendrá sus sueños o anhelos que desean cumplir y seguirán luchando por un futuro mejor, dándole un giro al concepto que la sociedad tiene del arte callejero.